
Cuando pasan los años uno siente que se va pareciendo a los silencios de sus padres
Un día, vestido con corbata y camisa blanca, en medio de la Redacción del periódico, vi que un hombre venía hacia mi por un pasillo; es mi padre, dije, y se soliviantó mi ánimo, mi cara, supongo que di un salto en mi interior, hasta que finalmente, después de ese segundo extraño, sobrenatural, que me hizo temblar de pavor y de pasado, como ahora mismo que lo estoy contando, me di cuenta de que era yo mismo caminando desde el espejo.
Tomé una botella de agua de la nevera, paseé un rato en medio de las mesas, busqué acomodo en el silencio de un cuarto de baño, y exigí de mi ánimo un alivio; verte como tu padre, como él fue, no es tan sólo una evidencia física, una similitud de rasgos natural, o sobrenatural, una similitud que se va acentuando a medida que pasan los años y uno se parece a lo que fue su primer modelo; es mucho más, como si de pronto su fracaso, o su frustración, o ese último suspiro que viste que iba dando, mientras tú te acercabas, tímidamente, a la puerta del hospital en el que agonizaba, fuera en tu espíritu también una herencia, como si tu propia respiración siguiera a aquélla.
Luego ya no me vi en el espejo, y me reafirmé en esa vieja costumbre de no asomarse jamás a esos cristales que no sólo descubren quién eres sino quién fuiste, pero del mismo modo sé que uno nunca deja la isla de la que fue ni la isla de la que es, así que ahora también viajo, y vivo, y me veo en los espejos cuando me afeito, aquellos rasgos que poco a poco fueron haciendo su cara y que ahora, también poco a poco, van haciendo mi cara, hasta ser ya la cara de un hombre de cincuenta y ocho años que tiene en algunos momentos el mismo semblante de su padre.
JUAN CRUZ, Ojalá octubre, Alfaguara, 2007, pp. 91 e 11-112.