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14 jun 2008

DO BLOG DE JUAN CRUZ:
07 junio, 2008 - 09:45 - Juan Cruz
Bieito Iglesias, un descubrimiento
Estuve ayer en el Pazo de Mariñán, en A Coruña, en el encuentro de escritores que la Fundación Carlos Casares dedica a prolongar el activismo literario del gran escritor orensano desaparecido; Carlos fue un hombre extremadamente generoso, se quitó tiempo para dárselo a los otros, y ahora su viuda y los que llevan la fundación siguen haciendo lo mismo, abriendo el alma para que los otros tengan espacio y tiempo para encontrarse. Conocí a dos escritores vascos, Jon Kortázar a Iban Zaldúa, y conocí a otros escritores, gallegos y de otros lugares de la Península, y conocí a Bieito Iglesias, un escritor gallego, de Orense también, a quien nunca había leído ni escuchado. Es un descubrimiento. Hizo un relato sobre su vida, en la niñez y en la emigración, y lo hizo con tanta frescura, con tanto vigor narrativo, que me lancé de inmediato a buscar sus libros. No los hallé anoche, después de su conferencia, pero hoy que estaré en la feria del libro de Madrid trataré por todos los medios de encontrar al menos Bajo las más bellas estrellas, que es su único libro escrito directamente en castellano, y que publicó Algaida hace algunos años. El libro es una novela que tiene raíz autobiográfica, y si es como lo que contó anoche en la Fundación CaixaGalicia tiene que proporcionar un enorme placer literario. Estuve en este encuentro con un amigo sueco de hace muchos años, Lasse Söderberg, y me contó una anécdota muy hermosa que sucedió el día anterior. Él hablaba y hacía autobiografía, y contaba una historia de amor que se había producido en otros tiempos; él desconocía que, por una de esas razones que el destino depara, la mujer sujeto de esa narración suya estaba en la sala. Y anoche acudió de nuevo, a escuchar a Bieito, esa mujer que se hizo presente mientras Lasse contaba su relación con ella. Se llama Carmela; la conocí también, y me habló con mucho vigor de la obra de Bieito. Luego nos fuimos a comer una tortilla fantástica, antes de regresar al pazo a dormir; esta mañana, así es la vida, me encontré en el avión con Manuel Rivas, que venía a la feria de Madrid a hablar de la memoria histórica. En la madrugada del avión, a mi lado en el asiento, dormitaba el futbolista Alfonso. Ahora iré a la librería, a buscar el libro de Bieito.

4 feb 2008


Cuando pasan los años uno siente que se va pareciendo a los silencios de sus padres

Un día, vestido con corbata y camisa blanca, en medio de la Redacción del periódico, vi que un hombre venía hacia mi por un pasillo; es mi padre, dije, y se soliviantó mi ánimo, mi cara, supongo que di un salto en mi interior, hasta que finalmente, después de ese segundo extraño, sobrenatural, que me hizo temblar de pavor y de pasado, como ahora mismo que lo estoy contando, me di cuenta de que era yo mismo caminando desde el espejo.
Tomé una botella de agua de la nevera, paseé un rato en medio de las mesas, busqué acomodo en el silencio de un cuarto de baño, y exigí de mi ánimo un alivio; verte como tu padre, como él fue, no es tan sólo una evidencia física, una similitud de rasgos natural, o sobrenatural, una similitud que se va acentuando a medida que pasan los años y uno se parece a lo que fue su primer modelo; es mucho más, como si de pronto su fracaso, o su frustración, o ese último suspiro que viste que iba dando, mientras tú te acercabas, tímidamente, a la puerta del hospital en el que agonizaba, fuera en tu espíritu también una herencia, como si tu propia respiración siguiera a aquélla.
Luego ya no me vi en el espejo, y me reafirmé en esa vieja costumbre de no asomarse jamás a esos cristales que no sólo descubren quién eres sino quién fuiste, pero del mismo modo sé que uno nunca deja la isla de la que fue ni la isla de la que es, así que ahora también viajo, y vivo, y me veo en los espejos cuando me afeito, aquellos rasgos que poco a poco fueron haciendo su cara y que ahora, también poco a poco, van haciendo mi cara, hasta ser ya la cara de un hombre de cincuenta y ocho años que tiene en algunos momentos el mismo semblante de su padre.
JUAN CRUZ, Ojalá octubre, Alfaguara, 2007, pp. 91 e 11-112.