12 oct. 2006


EDWARD MALEFAKIS Historiador: "Era imposible que triunfara la revolución en España"
Moi interesante a entrevista que onte publicaba El País con Edward Malefakis, realizada por José Andrés Rojo. Por se alguén aínda non a leu destaca da mesa dous titulares e dúas reflexións:

"Azaña tenía que haber condenado con fuerza el asesinato de Calvo Sotelo. Franco todavía no había decidido incorporarse a la rebelión"
"Es increíble que Largo Caballero siguiera defendiendo la revolución después del fracaso de octubre. Fue una irresponsabilidad"


(Sobre o labor do historiador e o revisionismo)
"Creo que un historiador debe ser crítico, y más aún con aquellos sectores y personalidades por los que espontáneamente siente simpatía".
"Quiero dejar muy claro que respeto el trabajo de los revisionistas, tienen todo el derecho a dar su versión y además son un acicate para volver a estudiar ese periodo y actualizar nuestros conocimientos. Lo que critico es que no analizan lo que pasó, los hechos, sino que hacen conjeturas sobre lo que podría haber pasado, se limitan a hacer interpretaciones. Cuentan las cosas como si el comunismo hubiera podido imponerse. Pero, dígame, ¿conoce muchos casos en los que la revolución haya sido el resultado de un régimen progresista? Cuatro o cinco, tal vez. ¿No ha ocurrido, más bien, que triunfó en sociedades con regímenes autoritarios?".

(Sobre a revolución de outubro de 1934 e a revolución imposible)
Aquella revolución se proyectó en 25 o 30 lugares y sólo se produjo en uno de ellos, Asturias. Fue sofocada de inmediato por el Ejército en una acción digamos que de rutina, sin grandes despliegues ni excesivas bajas (unos 1.100 muertos). Es la mayor prueba de que era imposible que triunfara la revolución en España. Para que pueda imponerse un cambio tan radical, la descomposición del Estado tiene que ser muy profunda. Es lo que ocurrió en la Rusia de 1917. Salía de una guerra atroz de tres años con millones de bajas y sufría el colapso de sus fuerzas militares y policiales, y también civiles. Los bolcheviques eran, además, una fuerza decidida con un programa claro. Nada de eso pasaba en España.
(Imaxe: cartel de Peré Catalá i Pic, 1937).

9 comentarios:

anómimo político-cultural dijo...

Con ánimo de entablar discusión, colgo aquí este interesante e polémico artigo (o que non quere dicir que eu comparta necesariamente todo o que di).

[Por certo, señor Valcárcel, dígame se colgar no seu blog textos cunha certa extensión causa algún tipo de problema técnico ou non. Non vaia ser que meta a pata!]

LETRAS LIBRES
SEPTIEMBRE DE 2006

La batalla por la memoria y el olvido de la historia

por Ana Nuño

(La “memoria histórica” no se debe concebir como instrumento de control político, pero todo indica que así es, y que con ello se persiguen objetivos nítidos y nefastos. Ana Nuño advierte sobre una perturbadora nacionalización de la historia)

“Es deseable que una nación sea lo bastante sólida en sus tradiciones y honor para tener la valentía de denunciar sus propios errores. Pero nunca ha de olvidar las razones que justifican la estimación de sí misma. Es peligroso exigirle que se reconozca culpable y sólo culpable y condenarla a una pena perpetua”.
Albert Camus, Discursos y entrevistas


La aprobación de un conjunto de leyes “memoriales”, a las que recientemente se ha sumado un encendido debate parlamentario en torno a la proposición de ley de penalización de la negación del genocidio armenio, ha abierto en Francia un interesante y legítimo debate acerca de los límites que sería deseable trazar entre la libertad de investigación de los historiadores y la represión judicial de la divulgación de determinadas versiones de la historia. En diciembre de 2005, diecinueve historiadores de renombre (entre otros, Elisabeth Badinter, Marc Ferro, Mona Ozouf, Jean-Pierre Vernant, Pierre Nora, Pierre Vidal-Naquet y Michel Winock) publicaron en un popular diario1 un manifiesto, titulado “Libertad para la Historia”, en el que declaraban su tajante rechazo de “las cada vez más frecuentes intervenciones políticas en la estimación de sucesos del pasado y los procesos judiciales contra historiadores y pensadores”.
Más de cuatrocientos universitarios sumaron sus firmas a las de los promotores de esta iniciativa, en la que específicamente se definían como liberticidas artículos pertenecientes a cuatro leyes aprobadas: del 13 de julio de 1990, conducente a la represión de actos racistas, antisemitas y xenófobos (conocida como ley Gayssot); del 29 de enero de 2001, sobre el reconocimiento histórico del genocidio de los armenios de 1915; del 21 de mayo de 2001, mediante la que se reconoce que la trata y la esclavitud constituyen crímenes contra la humanidad (llamada ley Taubira), y del 23 de febrero de 2005, dedicada al reconocimiento del “papel positivo” de la colonización francesa en el Norte de África. Vale la pena citar extractos del manifiesto de los historiadores franceses, aunque sólo sea para tomar conciencia de la absurda situación en la que hoy se encuentran estos profesionales, obligados a desgranar el más elemental recordatorio de los objetivos de su disciplina, situación a la que conduce el excesivo celo de los poderes públicos metidos a legislar sobre lo que sea históricamente correcto o incorrecto:
La historia no es una religión. El historiador no acepta los dogmas, no respeta las censuras, no reconoce los tabúes. La historia puede ser perturbadora.
La historia no es la moral. La función del historiador no consiste en exaltar ni condenar, sino en explicar.
La historia no es la esclava de la actualidad. El historiador no aplica al pasado esquemas ideológicos contemporáneos ni introduce en los acontecimientos del pasado la sensibilidad de hoy.
Para remate, estas dos definiciones negativas de la historia, que tienen la virtud de indicar claramente el origen de la transgresión operada por el poder político con su normativa imposición de la “memoria histórica”:
La historia no es la memoria. El historiador, mediante una operación científica, recoge los recuerdos de los hombres, los compara, los confronta a documentos, objetos y trazas, y establece los hechos. La historia toma en cuenta la memoria, pero no se reduce a ella.
La historia no es un objeto jurídico. En un Estado libre, la definición de la verdad histórica no compete ni al Parlamento ni a la autoridad judicial. La política del Estado, aun cuando responda a las mejores intenciones, no es la política de la historia.
El poder político español ha dado recientemente muestras de querer imitar a su homólogo transpirenaico. El 28 de mayo, el Pleno del Congreso aprobó una proposición de ley que instituye el 2006 como Año de la Memoria Histórica, con el añadido de que define el contenido exclusivo de lo conmemorable: la Segunda República, “con todos sus defectos y virtudes, con toda su complejidad y su trágico desenlace”, por constituir “el antecedente más inmediato y la más importante experiencia democrática que podemos contemplar al mirar nuestro pasado”. Este instrumento legal, además, dará cobijo y aliento al “homenaje y reconocimiento de todos los hombres y mujeres que fueron víctimas de la Guerra Civil y posteriormente de la represión de la dictadura franquista, así como de quienes, con su esfuerzo en favor de los derechos fundamentales y de las libertades públicas, hicieron posible el régimen democrático instaurado con la Constitución de 1978”.
Sólo en apariencia esta disposición legal imita los precedentes franceses, al menos en la fase actual: la “memoria histórica” así definida adolece del mismo vicio señalado por los historiadores franceses cuando recuerdan que “la historia no es un objeto jurídico”, pero es también cierto que no se tipifica en la ley española que permite instituirla ningún crimen de “lesa memoria histórica”. Aún no, aunque hay que tener presente que una de las enmiendas aprobadas a esta ley memorial obliga al Ejecutivo a presentar un informe sobre las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo, en base al cual está prevista la elaboración de una Ley de Memoria Histórica. Sorprendente será que la mayoría de los diputados españoles logren resistirse a la tentación de legislar la reescritura de la reciente historia de su país con más ahínco que sus homólogos galos, y más aún que lo hagan sin definir sanciones para los casos que no se ajusten a la versión políticamente correcta y parlamentariamente impuesta de la historia. Parafraseando al helenista Pierre Vidal-Naquet, quien denunciaba el intervencionismo anacrónico de este tipo de disposiciones legales con un elocuente ejemplo (“¿Acaso los griegos de hoy se atreverían a decretar que sus ancestros, los helenos, cometían un crimen contra la humanidad porque tenían esclavos?”), todo indica que los descendientes de franquistas y antifranquistas se disponen a escenificar el repudio institucional de una parte de la verdad histórica, en obediente aplicación del artículo primero de la no escrita ley de corrección política española, que reza que todo lo nominalmente de izquierdas es virtuoso y todo lo definido como de derechas poco menos que demoníaco.
También la comparación entre lo sucedido en Francia y lo que está a punto de ocurrir en España en torno a la memoria histórica sólo aparentemente afecta a fenómenos equiparables. A diferencia del país vecino, en éste los historiadores no se manifiestan para defender los principios básicos del libre ejercicio de su disciplina, y la batalla entre defensores y enemigos de la injerencia del poder político en el terreno de la investigación histórica se libra entre opinadores que representan dos bandos enfrentados, diríase que desde el origen de los tiempos, como el Ormuz y el Arimán de los zoroastrianos. Así que es de temer que la aprobación y aplicación de la futura Ley de Memoria Histórica quede reducida a un nuevo episodio de la maniquea lucha entre las Fuerzas del Mal y las del Bien, para exclusivo provecho de una casta político-mediática que justifica su existencia mediante la repetición ad nauseam del recurrente espectáculo de una vieja pelea de familia, a la que pretenden ahora reducir la complejidad de los fenómenos históricos ocurridos en España de 1931 a 2006.
Hasta aquí, en realidad, todo lo que razonablemente conviene decir acerca de la memoria histórica concebida como instrumento de intervención política. Sin embargo, sería bueno desmenuzar algún que otro concepto de los que este asunto pone en juego, aunque sólo sea para rendirle homenaje a la gran perdedora en esta pedrea institucional, que es la historia. Porque este reciente fenómeno no es nuevo, y sus antecedentes son ominosos y apuntan al retorno del adoctrinamiento ideológico, favorecido en nuestras sociedades no por la imposición del Partido Único o el Líder Supremo, sino por la continuada erosión de la verdad histórica efectuada por la doxa indiscutible del momento: el relativismo cultural e histórico.
Historia, memoria y verdad
Es conocida la fábula de Borges: la cartografía alcanzó tal desarrollo que los mapas crecieron desmesuradamente, de tal suerte que el mapa del imperio alcanzó la extensión del imperio y coincidió con él. Posteriores generaciones, menos adictas a este arte, abandonaron por inútil ese mapa coincidente con la realidad, hoy reducido en algunos lugares a vestigios habitados por animales y mendigos. No hay en todo el país –concluye la fábula– “otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.
Precisamente porque esta fábula entraña una alegoría, el relato del auge y decadencia de las disciplinas cartográficas viste sus sustantivos con mayúsculas de prosopopeya (el país es “el País”; la cartografía, “el Arte de la Cartografía”, y su “Perfección”, “Inútil” para las “Generaciones” “menos Adictas a [su] Estudio”). Buen conocedor de las leyes del género, Borges no escribe una sola vez la única palabra capaz de delatar el sentido recto, oculto en la figuración del relato alegórico. Porque resulta que “Del rigor en la ciencia” no versa sobre el espacio ni sobre la ciencia cartográfica que ingenuamente lo toma al pie de la letra, sino sobre el tiempo y esa otra disciplina, la historia, que siempre y legítimamente aspira a dar pormenorizada y exhaustiva cuenta de la realidad. Una historia que literalmente se cae en pedazos, vuelta jirones, como invariablemente sucede con la memoria y sus productos, destino éste que también invariablemente “el Arte de la Historia”, para decirlo alegóricamente a la Borges, pretende eludir mediante la elaboración de relatos que “coincidan puntualmente” con la realidad.
Borges no lo dice, pero la contradicción entre la producción de una réplica exacta del universo y la no perdurabilidad de la copia traza una de las fronteras intangibles entre historia y memoria. Porque la memoria no es una disciplina y a recordar los humanos estamos condenados –o programados, que viene a ser lo mismo–, su plasmación es siempre tributaria de la experiencia individual, sean sus protagonistas “Animales” o “Mendigos”. A historiar, como a trazar mapas, se aprende, en cambio, en el marco de una disciplina que, a su vez, tiene su propia historia, la cual, a su vez también, admite ser recorrida e historiada.
El modo de transmisión de la memoria es el testimonio: basta con haber estado ahí y ser capaz de evocar el recuerdo personal de aquel momento y lugar; la reconstrucción histórica de un suceso cualquiera, incluso el más simple, requiere como mínimo la aplicación de diversas disciplinas documentales y archivísticas. La relación entre uno y otro tipo de relatos es ciertamente más estrecha que la existente, por poner un ejemplo, entre la descripción de un sueño por el paciente en el diván del psicoanalista y la lectura del electroencefalograma de ese mismo paciente realizado durante las etapas del sueño, de la hipnagogia al sueño paradójico. No obstante, no pueden (ni deben) confundirse; de hecho, testimonio y reconstrucción de los hechos son los dos pilares distintos sobre los que se apoyan los procesos judiciales, y conviene recordar que sólo en los casos en los que la justicia aparece infiltrada por intereses extrajudiciales, se confunde o diluye la especificidad del uno en la otra, o se tergiversa o devalúa uno cualquiera de estos dos relatos canónicos.
En la tensión irresoluble entre el recuerdo y su plasmación en relato contrastable y fidedigno sin duda anida “la verdad”. (El entrecomillado de rigor es la traza de una admonición, enunciada por nuestro anónimo y omnipresente Zeitgeist: no hay ni puede haber, en verdad, más verdad que parcial y relativa a otras verdades, dice esta boca de sombra.

Pero al relativismo volveremos más adelante.) Ello no quiere decir que “la verdad” sea cuestionable o ambivalente, sino que su establecimiento entraña operaciones complejas y diferenciadas y la movilización de al menos los dos tipos de relatos mencionados. La palabra clave, aquí, es “complejidad”: la verdad y su tegumento, la realidad, no son esencias puras (en caso de que tal cosa exista, salvo en constructos teóricos). Así, por poner un ejemplo canónico, la verdad sobre los campos de exterminio nazis es, para el historiador, una larga y compleja cadena de sucesos que se extiende desde las leyes raciales, pasa por las diversas etapas del internamiento y la deportación y concluye en la selección que conduce bien a la muerte por ahogamiento en las cámaras de gas, bien a la muerte por inanición y malos tratos en el Lager. Para el sobreviviente del exterminio programado, en cambio, la verdad se parece a “la zona gris” descrita por Primo Levi, un espacio donde víctimas y verdugos, sin llegar a ser idénticos ni confundirse, entremezclan y confunden sus sombras. La comprensión del exterminio de los judíos europeos es la piedra de toque para la moral de nuestro tiempo –de nuestro relativista Zeitgeist– precisamente porque nuestro tiempo no admite que la verdad no pertenezca al registro de las evidencias y la experiencia personal y subjetiva, con lo cual convierte forzosamente su comprensión en una operación reductora y simplificadora. “Lo que normalmente comprendemos por comprensión de los hechos coincide con su simplificación. […] La verdadera batalla no es la que opone memoria y olvido –batalla maniquea– sino, en el seno mismo de la memoria, la que enfrenta la tendencia simplificadora que huye de la complejidad a los hechos y la verdad”2.
De Orwell a Zapatero
Por supuesto, detrás del nuevo ídolo de la memoria histórica se perfila la silueta de George Orwell. ¿Cómo, en efecto, ocultar en este contexto al padre del Ingsoc, la reality control y el doublethink? Al evocar la labor de nuestros legisladores, frase tras frase puliendo el cristal roto de la compleja, multiforme verdad histórica para crear la diminuta lente teñida con el color conveniente del momento, ¿cómo no traer a la mente la labor de Penélope de los funcionarios del Ministerio de la Verdad? Recordemos en qué consistían sus funciones: destruir todos los testimonios del pasado (para lo que bastaba con abrir una trampilla y lanzarlos al llamado “Hueco de la Memoria”) e imprimir incesantemente nuevas ediciones de libros y actualizaciones de viejos periódicos, a fin de ajustar su contenido a la verdad (relativa) del momento. “Toda la historia era un palimpsesto, en cuya superficie, raspada y limpiada cada vez, se volvía a escribir cuantas veces fuera necesario. En ningún caso habría sido posible, una vez ejecutado este acto, demostrar que se había producido una falsificación”.
El eslogan del Partido único, en el universo descrito en 1984, reza: “Quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado”. El bucle perfecto: reality control o memoria histórica, en su versión hard o light, la manipulación por el poder político de los hechos verdaderamente acaecidos aspira a lo que Leszek Kolakowski define como “la nacionalización de la memoria”, que a su vez constituye “la gran ambición del totalitarismo: la posesión y control absolutos de la memoria humana”3. “El arte de olvidar” se convierte en el objetivo de la historia sometida a la lógica de la memoria impuesta o decretada por el poder político: la “memoria histórica” no es otra cosa que el olvido de la historia, en toda su complejidad y con todas sus contradicciones.
Así, lo que pretende la actual mayoría parlamentaria española es obligar a los ciudadanos a olvidar los aspectos nada virtuosos de la Segunda República y a mitificar un período en el que el poder político ha decidido anclar la legitimidad de “las izquierdas”. Es imposible en este espacio ejemplificar en contra de tal pretensión; los hechos probatorios de la intencionalidad ideológica de esta versión (y aún no olvidados o decretados inválidos) son tan abundantes que habría que dedicar a su exposición un voluminoso tomo. Pero baste con preguntarle al legislador “de izquierdas” llamado a redactar la Ley de la Memoria Histórica, no tanto por las violaciones de derechos humanos cometidas en el bando republicano contra los “enemigos de la democracia” (la izquierda española ha reciclado en esta fórmula la hoy desprestigiada o hueca o ambas “enemigos de clase”), sino por las violencias cainitas perpetradas por y entre “hermanos democráticos” que aparentaban compartir bando y clase. La memoria histórica que nos están fabricando entre La Moncloa y las Cortes, ¿incluirá, por ejemplo, la necesidad de recordar que Andréu Nin, consejero de Justicia de la Generalitat catalana presidida por Tarradellas y líder del POUM, fue despellejado vivo por los compañeros estalinistas de Santiago Carrillo y, por ende, por los ancestros ideológicos directos de Gaspar Llamazares y Joan Saura, principales impulsores de la Ley de la Memoria Histórica?
“El arte de olvidar la historia es decisivo: se trata de obligar a la gente a comprender que se puede modificar el pasado de un día a otro, o de una verdad a otra”: de nuevo Kolakowski nos recuerda en qué consiste la propedéutica de la historia relativizada y convenientemente adaptada a las luchas ideológicas del momento. En un contexto como este “no existe ningún criterio de veracidad que sea aplicable, salvo el que se proclame de tanto en tanto como único auténtico. De este modo, la mentira se convierte literalmente en la verdad, o por lo menos desaparece la distinción entre verdadero y falso en su sentido habitual. El gran triunfo cognitivo del totalitarismo reside precisamente en ello: es imposible acusarlo de mentir puesto que ha logrado abrogar la noción misma de verdad”. O si se prefiere la formulación de Hannah Arendt: “El sujeto ideal del régimen totalitario no es ni el nazi ferviente ni el comunista convencido, sino el hombre para el que la distinción entre hecho y ficción (la realidad de la experiencia) y entre verdadero y falso (las reglas del pensamiento) ha dejado de existir”4.
España no está sometida a un régimen totalitario, pero la democracia de muy reciente implantación en este país dotado de una plurisecular tradición de gobiernos despóticos, se enfrenta a poderosos enemigos. Éstos no anidan, como antaño, en el ejército o la Iglesia, instituciones otrora muy activas en el frente antidemocrático y hoy normalizadas, es decir, habiendo aceptado las limitaciones que les impone el Estado de derecho. Aparte del obvio enemigo que representa el terrorismo etarra (ideológicamente revestido, por lo demás, de una delirante versión de marxismo-leninismo entreverada con alucinaciones suprematistas, hijas del racialismo nazi), el mayor peligro para el fortalecimiento de la democracia en este país proviene de una clase política y una elite mediática acostumbrada, como no podía ser menos, a reclamar de boquilla para sí los valores democráticos que se niegan a aplicar y respetar en la normal contienda con sus adversarios políticos.
Es preocupante que en España se haya impuesto un objetivo político, que parece orientar todas la estrategias desplegadas por los partidos en el poder desde 2004 (hay que recordar que, aunque el psoe ganó las elecciones generales de ese año, la mayoría relativa de escaños que obtuvo en el Parlamento no le permite gobernar en solitario, y que de hecho España está hoy gobernada por una coalición formada por uno de los dos grandes partidos de ámbito nacional, los restos y retales del PCE y satélites, y los caciques regionalistas a la cabeza de pequeños partidos virulentamente antiespañoles). Todas las estrategias: la aprobación de nuevos estatutos de autonomía, en un ejercicio magno de desprecio de los legisladores a la voluntad ciudadana, que en ningún caso ha manifestado el deseo de cambiar el actual marco estatutario; la solapada modificación de la Constitución de 1978 que estas maniobras conllevan, una vez más de espaldas a la ciudadanía, a quien se le impone poco a poco un cambio de facto del régimen constitucional vigente5; la falsificación del proceso de negociación con la banda terrorista ETA y la organización política que la representa, Batasuna, definida asimismo como terrorista por el consejo europeo de ministros de Justicia e Interior e incluida en la lista de organizaciones terroristas de la ue en junio de 2003, que el actual gobierno español presenta con el falso rótulo de “proceso de paz”, en un ejercicio de retorcimiento lingüístico digno del newspeak orwelliano y, por poner un ejemplo no imaginario, de los dirigentes de la urss que repetían incesantemente la cantinela de que la invasión de Afganistán por el ejército soviético era una “campaña de liberación”. Y, por supuesto, la Ley de la Memoria Hstórica ocupa, entre estas estrategias concertadas, el sitial de augusta referencia ideológica: se trata de remachar la nueva versión oficial de la historia, en un ejercicio patético de imitación (¿involuntaria?), de signo contrario pero idéntica metodología, de lo que fue la imposición de la ortodoxia histórica nacional-católica por el régimen franquista.
El objetivo no declarado de estas estrategias es tan elemental cuan burdo: la pretensión de expulsar de la arena política al otro gran partido de ámbito nacional, el Partido Popular. Se trata de impedir su regreso al poder “como sea”, frase ésta que resume a la perfección la ética política del actual presidente del gobierno español: modificando el marco institucional, vale decir las reglas del juego democrático, sobre la marcha y sin la sanción necesaria del respaldo mayoritario de la ciudadanía; radicalizando las actuaciones y la retórica política en un sentido favorable a los partidos nacionalistas regionales, a fin de darles satisfacción con la esperanza de disuadirlos de formar en el futuro alianzas con el principal partido conservador español, del que algunos de ellos (PNV y CiU) están más próximos ideológicamente que de la izquierda; apostando, si no a la disolución de ETA, al menos a la apariencia de su disolución, una lotería a la que han jugado todos los gobiernos españoles de la democracia, con mayor o menor respeto de la legalidad y la aplicación del Estado de derecho, lo que le permitiría a éste convocar elecciones generales anticipadas con la esperanza de conseguir un triunfo con mayoría absoluta. Y desde luego, se trata de generar en la mente de los ciudadanos el reflejo automático que vincule a los dirigentes y militantes del pp directamente con los falangistas y los franquistas, en un ejercicio de pretendida “recuperación de la memoria histórica” en realidad políticamente instrumentalizado desde el comienzo.
Si le sale bien la jugada, el poder político habrá “nacionalizado” la historia, en el sentido que le atribuye Kolakowski a esta acción. Para hacer más explícitas las consecuencias de la imposición por ley de la memoria histórica, el gobierno habrá logrado lo que, referido a otras circunstancias y momento, describía Václav Havel: “por así decirlo, habrá nacionalizado el tiempo, y a éste le habrá tocado en suerte el triste destino de tantas cosas nacionalizadas: se marchitará”.

Moralla dijo...

Teño que recoñecer que aprendo moito a nivel político-histórico en cada un dos posts deste magnífico blog, sen esquecer moitas das fotografías e pinturas aportadas. A pena é que non sempre teño tempo para lelos todos, así como todas as opinións da xente, que a verdade sabe do tema.
A seguir!!

Anónimo dijo...

Despois desta tochada que non vén, creo, moi a conto do post, gostaría de decirlle se ao grande historiador que non coñecía e que non me vai ler lle parecen poucos 1.100 mortos e unha represión brutal co goberno dunha república "democrática" no 34
Cando se fala de guerra civil, de revolución, república etc téndese a quedarse só cos aspectos ideolóxicos, culturillas, persoeiros... nese momento no estado español a xente de verdade, a masa popular está pasando fame, está sendo esclavizada por terratenentes, caciques e capitalistas sen piedade.
De que revolución fala o autor... revolución comunista??
a revolución que houbo despois do 34 e despois do "alzamento" e que se executou durante case un ano en Aragón, Catalunya, Andalucía, Valencia... digamos media españa con terras e fábricas colectivizadas exportando a europa mercadorías e dándolle pan aos campesiños en Aragón foi ANARQUISTA. E foi vapuleada polos propios erros deles mesmos, polas traicións gubernativas da república e sobre todo porque aos "comunistas" da época parecía que lles interesaba menos parar o avance fascista que non consentir de maneira stalinista esa utopía que foi certa durante moitos meses, repito, en media españa.
Entón de que fala ese autor exactamente??
A verdadeira revolución foi esa aínda que fóra só unha estrela fugaz. E non interesou para nada. Preferíuse corenta anos de franquismo.

anómimo político-cultural dijo...

Desculpe, Usuario Anónimo, se lle pareceu un tocho improcedente o texto que colguei. Púxeno coa intención de suscitar un debate sobre as “políticas de memoria”, algo que está, implícita ou explicitamente, presente cando se fala de períodos históricos tan cargados de sentido. Porque, en efecto, a II República e a Guerra Civil é -por usar as palabras que Henry Rousso aplicou á Franza de Vichy- un “pasado que non pasa”.

De aí o debate a polémica permamentes, agudizados neste “Ano da Memoria”. Ao meu parco entender, o texto colgado parte dunhas afirmacións claramente pertinentes, á calor do debate francés, pero moi logo deriva non xa nunha avaliación sosegada das luces e as sombras que acompañan inevitablemente a todo proceso de “recuperación da(s) memoria(s) histórica(s)”, senón nun sectario xuízo de valor, esculcando nunhas supostas perversas intencións do goberno actual. Vemos, logo, con qué facilidade se pasa dun discurso de apariencia académica a un discurso propagandístico determinado, que se encadra, malgré lui, na negativa a coñecer e recoñecer o pasado e, sobre todo, na contraofensiva política para impoñer, tamén, unha específica “política do pasado”. Este texto é unha clara mostra dese “pasado que non pasa”.

Anónimo dijo...

Señor académico-cultural paréceme moi ben que inclúa os textos que quera para suscitar debates calesquera, mais eu referíame a que o post en concreto do blog no que estamos inmersos trataba do que trataba e mália que a vostede lle parece tan propagandístico meu comentario quixéralle indicar que entra a colación con maior atino no tema que corresponde falar. De todos xeitos é moi libre de colgar a información que estime oportuna. Non serei eu o que, vive deus, lle censure tales afirmacións.
Mais xa que estamos permítame que coloque neste espazo (e se mo permite o rexedor deste blog) outra reflexión que está nas antípodas da que anteriormente subiu vostede (ou ao millor non tanto... non sei)
saúdos!

A DOMESTICACIÓN DA MEMORIA
Andrés Devesa

Unha reivindicación benjaminiana da memoria histórica
"A noite dos conjurados 
todos os bailaríns comprendemos o día e a hora 
xa que o por que estaba dabondo xustificado 
na inmensa cuantía do sufrimento humano."
Leopoldo María Panero
O vento cálido que sopra nesta primavera do 2006, ademais do polen e da sempiterna contaminación das nosas cidades, tráenos tamén un aroma do pasado. Cúmprense 75 anos da proclamación da II República e 70 do fin da guerra civil española. Dende hai algúns anos a memoria destes feitos históricos atópase cada vez máis presente na nosa sociedade e non cabe dúbida que ao longo deste ano veremos como se celebran multitude de actos de homenaxe e conmemoración dos mesmos. A memoria histórica destes acontecementos reclama un lugar que durante anos fóille negado polos mesmos que agora convértense nos seus adalides na política española. A celebración deste aniversario suporá, sen dúbida, un antes e un despois na concepción que temos destes feitos e na articulación da memoria dese pasado respecto da construción do presente e o futuro. Por iso, é máis necesario que nunca reflexionar sobre os aspectos teóricos e prácticos que implican a construción dunha memoria histórica, tratando de sortear as ilusións e espellismos que se nos presentarán como conclusións definitivas e chegar ata as ultimas consecuencias que se poidan extraer da recuperación do pasado e a súa implicación no presente.
O século XX deixóu tras de si un rastro de ruínas formado polas pilas de cadáveres das vítimas da Historia, que, por primeira vez fixéronse visibles e reclamaron os seus dereitos. Logo da monstruosidade que supuxo Auschwitz, as reflexións sobor da memoria histórica pasaron a ter unha importancia crucial no pensamento filosófico e moral, pero as leccións que debiamos extraer do recordo das barbaries deste século que nos dixeron traería o benestar da humanidade da man do progreso e deixóunos o horror multiplicado ad infinitum foron ignoradas ou, polo menos, desarticuladas e baleiradas de calquera contido práctico, posto que eses ensinos supoñían poñer en cuestión as bases da nosa sociedade, sacar á luz as contradicións entre os ideais da Ilustración e o desenvolvemento dun progreso técnico e económico independente dos seres humanos[1].
A memoria concíbese como un imperativo moral que nos obriga non só a recordar os crimes do pasado, senón, fundamentalmente, traelos ao presente para resarcir ás vítimas e evitar que poidan volver repetirse eses feitos. Segundo Reis Mate habería dúas formas de entender a memoria: a dos políticos e filósofos, que queren recordar para que a historia non se repita, e a das vítimas, que entenden a memoria como un acto de xustiza que debe resarcirlas da súa dor. Non é o mesmo recordar para que a historia non se repita, que para que se faga xustiza: no primeiro caso pensamos en nós mesmos e, no outro, nas vítimas.[2] Estas dúas formas de entender a memoria son en realidade complementarias. Ambas entenden que a barbarie foi superada e que as implicacións da memoria corresponden ao pasado recordar e compensar ás vítimas e ao futuro evitar a repetición dos crimes, pasando por alto que o presente que vivimos non é senón a consecuencia dese pasado, o resultado dese furacán que chamamos progreso[3] e, xa que logo, a repetición da barbarie segue tendo lugar, ao non ser eliminados os factores que a fixeron posible. A barbarie non é unha excepción na historia, senón a regra e, xa que logo, o presente que vivimos afunde as súas raíces nunha inmensa fosa común na que se atopan os cadáveres dos vencidos, dos eternos perdedores que xamáis contaron para a historia.
Atopámosnos ante unha aparente contradición. Por unha banda temos a necesidade de recuperar a memoria do pasado como un requisito necesario para pasar páxina a un episodio tráxico da historia e continuar a vida, pero a recuperación desa mesma memoria ten unha consecuencia non desexada, especialmente para aqueles que detentan o poder, ao mostrarnos como os alicerces da sociedade están construídos sobre ese sufrimento que se trata de resarcir, posto que non se pode facer xustiza ás vítimas sen eliminar as condicións que as crean, xa que logo, non se pode falar da recuperación dunha memoria histórica e de resarcimiento ás vítimas sen cuestionar o tempo homoxéneo e baleiro no que se inscribe a nosa forma de entender o mundo, dominado pola idea de progreso, para a que o sufrimento e a miseria dos seres humanos non son nada en relación a unha serie de ideas independentes do ser humano, xa sexan a economía, o progreso ou a ideoloxía. A dor humana supedítase aos intereses de minorías ou, peor aínda, ao desenvolvemento case-autónomo do sistema.
A forma de resolver esa contradición lévase a cabo mediante a domesticación da memoria. A memoria é baleirada do seu contido revolucionario, entendendo este en un sentido benjaminiano, como jetztzeit, tempo-agora que rompe o continuum da historia e traslada ao presente a tradición dos oprimidos[4], facéndolles regresar da inmensa fosa común á que lles relegóu a Historia para traer consigo as súas reivindicacións silenciadas e esixir do presente a auténtica realización da historia, aquela que teña en conta o sufrimento da humanidade, a realización, aquí e agora, dunha revolución que conteña as reivindicacións dunha humanidade libre, na que o ser humano sexa o auténtico suxeito da historia e non un ente abstracto. Un proxecto revolucionario baseado nun imperativo ético: devolver a dignidade aos esquecidos da historia, imperativo sen o cal non é posible falar de liberdade e xustiza.
Nese sentido de domesticación da memoria en tanto que desarticulación do seu potencial emancipatorio, deben entenderse algúns dos fenómenos que están tendo lugar nos últimos anos en relación á memoria da II República, a guerra civil e o franquismo. A conmemoración do que supuxo a experiencia republicana e o recordo das vítimas do fascismo enmárcanse nun contexto político complexo no que se acha en xogo unha reconfiguración do modelo de Estado e unha refundación da democracia española. Atopámosnos ante a segunda transición? reclamada por boa parte da esquerda[5]. Neste contexto deben inscribirse tanto as iniciativas sociais para a recuperación damemoria histórica, como a profusión de publicacións sobre a república e a guerra civil, os debates nos medios de comunicación de masas e as accións políticas da esquerda nun primeiro momento desde o ámbito local para despois ampliarse ao autonómico e estatal tendentes a resarcir ás vítimas do fascismo ou a condear logo dun silencio de dúas décadas ao réxime criminal xurdido da guerra civil.
A institucionalización da memoria é unha forma de controlala, de evitar calquera discurso alternativo que cuestione a versión oficial construída polos historiadores, os medios de comunicación e os xestores autorizados da memoria. É unha forma de silenciar e domesticar a memoria, que queda reducida á súa versión espectacular: homenaxes, actos institucionais, conmemoración de datas crave, monumentos, etc. Aspectos necesarios para a recuperación da memoria pero claramente insuficientes e ademais fácilmente controlables polo poder, o único que pode levar a cabo estes proxectos[6]. A auténtica reivindicación da memoria daquelas persoas, a da súa loita práctica, queda silenciada tralo muro de palabras, conscientemente baleiradas de calquera contido concreto: república, liberdade, antifascismo, democracia,?
O obxectivo é a utilización da memoria das vítimas para lexitimar o presente, obviando as cuestións molestas e reducindo a memoria a unha cuestión meramente simbólica. Así, a revolución obreira é silenciada e móstrallenos ás miles de persoas que loitaron e morreron por ela como defensores dunha democracia que se conecta co actual réxime político. Con iso mátanse dous paxaros dun tiro. En primeiro lugar se obvia que o réxime actual é a continuación directa da Ditadura, resultado do pacto entre elites que adaptou as arcaicas estruturas do réxime franquista ás necesidades do novo capitalismo transnacional e integrou no mesmo aos sectores progresistas da burguesía excluídos durante corenta anos dos ámbitos do poder. Ademais bórrase o recordo das realizacións prácticas dunha revolución proletaria que, malia os innumerables erros que tivo, constitúe o exemplo histórico máis significativo dunha alternativa ao capitalismo, dunha democracia directa na que a xente empezaba a ter a súa propia vida nas súas mans. A contrarrevolución estalinista que acabou, antes que chegasen as tropas de Franco, con esta experiencia revolucionaria é pasada por alto ou reducida ás vicisitudes normais da política partidista da esquerda da época, condeable, pero non moi diferente da levada a cabo por outros grupos políticos.
O exemplo da revolución española tén estar presente na nosa memoria, aínda que o feito de reivindicala non impida que debamos insistir nas súas limitacións, como a de querer cambiar as estruturas sociais simplemente facendo pasar os medios de produción das mans da burguesía á dos obreiros, sen cuestionar a alienación e desposesión que implicaban a mesma existencia deses medios de produción e da propia civilización industrial. Pero o recordo desa experiencia non é nada sen o recordo das vítimas, de todas as vítimas da barbarie, xa sexan as do fascismo, as do gulag estalinista ou as das miles de persoas que morren cada día en guerras fabricadas por intereses económicos, pola contaminación do medio e das especies ou pola violencia diaria ímplicita na nosa forma de vida vítimas da senrazón dun sistema que presume de racional. Debemos ter presente o seu sufrimento e non perdelo xamais de vista, posto que só para a humanidade redimida fíxose o seu pasado citable en cada un dos seus momentos?[7], só poderemos alcanzar a liberdade cando levantemos a losa da historia e deixemos saír dela aos vencidos, ás vítimas da historia, para que poidan reunirse connosco. Ese e só ese será o momento da redención, da revolución que permita ao anxo da historia poder sonreir ao fin.
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NOTAS:
[1] A bibliografía sobre o tema é máis que abundante, limítome a citar aquí o libro de Günther Anders: Nós os fillos de Eichmann. Carta aberta a Klaus Eichmann. Paidós. Barcelona. 2001. Anders relaciona a barbarie que tivo lugar nos campos de exterminio co desenvolvemento dunha técnica independente do ser humano, que reduce a este a unha simple engranaxe dunha maquinaria e impídelle representarse os efectos das súas accións. Esta deshumanización sería unha das circunstancias que fixo posible o Holocausto. As implicaciones están claras, o Holocausto non só pode repetirse senón que se repite a diario, pois as condicións que o fixeron posible non só non desapareceron senón que non deixaron de desenvolverse.
[2] Reis Mate: Memoria de Auschwitz. Actualidade moral e política. Trotta. Madrid. 2003. p. 10
[3] Walter Benjamin: Tese de Filosofía da Historia, Discursos interrompidos I. Taurus. Madrid. 1971. Tese IX p. 183
[4] Ibid., especialmente a Tese XIV-XVIII. pp. 188 e ss.
[5] Juan Carlos Monedero: ?Nocturno da transición?, en: Emilio Silva (et alii): A memoria dos esquecidos. Un debate sobre o silencio da represión franquista. Ámbito Edicións. Valladolid. 2004.
[6] O monumento, en tanto feito monumentalizado, constitúe a celebración do poder, de ter o poder de monumentalizar [?] Pero ao mesmo tempo [?] o monumento borra, tacha, cancela toda outra posible representación que non sexa a representada polo monumento. Hugo Achugar: O lugar da memoria, a próposito de monumentos (motivos e paréntesis), en: Elisabeth Jelin e Vitoria Langland (comps.): Monumentos, memoeriales e marcas territoriales. Século XXI. Madrid. 2003. p. 206
[7] Walter Benjamin: Op. cit. Tese III
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anómimo político-cultural dijo...

Ou non me entendeu ben, Usuario Anónimo, ou debinme explicar mal eu, porque non dixen que a súa intervención fose propagandística.

Noutra orde de cousas, e polo que a min respecta, agradezo profundamente, en tanto que tertulián deste blog, que colgara un outro texto que semella máis que interesante. Teña por seguro que o lerei con toda a atención de que é merecente, e, se mo permite, quizais me provoque algún comentario (porque diso se trata neste blog: opinar). Un cordial saúdo.

anómimo político-cultural dijo...

Perdón, pero creo que me acabo de dar conta onde estaba a confusión: onde eu me refería ao texto colgado por min da autoría de Ana Nuño, vostede entendeu que me refería ao seu comentario. Foi así?

Anónimo dijo...

así foi... xa entendín eu tamén. Desculpe.

anómimo político-cultural dijo...

Non se preocupe. Un saúdo.